Luan
tiempo estimado de lectura : 5
14 Jan
14Jan

Han pasado alrededor de nueve meses desde que me mudé al norte de Iwate.
Aunque ya había vivido antes en la prefectura (en Morioka, la ciudad que quedo de segundo lugar en el listado de mejores ciudades para visitar en New york times año 2023), y esta es la primera vez que experimento el invierno desde una zona rural, viviendo el día a día en un pueblo como Ichinohe (a solo una hora de morioka).

Con el invierno aquí no cambia solo el clima. Cambia todo.Cambia la forma en que la gente se mueve, el ritmo de las conversaciones, el color de las montañas, incluso los edificios parecen distintos bajo la nieve. Cambian los sonidos: aparecen los tractores limpiando la nieve, el crujir constante bajo los pies y también los pájaros. El canto de los 白鳥, por ejemplo, se vuelve parte del paisaje sonoro, mientras otros animales desaparecen hacia las montañas o entran en silencio.

En ese contexto tuve la oportunidad de asistir al 雪あかり(Yuki Akari) en Okunakayama. El evento fue sencillo y breve: pequeñas luces sobre la nieve, danzas cortas, una sopa caliente compartida en la noche y fuegos artificiales que iluminaron el cielo solo por unos instantes. No fue un evento pensado para reunir multitudes ni para llamar la atención desde lejos. Fue, más bien, una escena íntima, propia del invierno en esta región. E inevitablemente pensé que en las ciudades, la luz compite. En los pueblos, la luz acompaña.

Ver el 雪あかり desde esa escala me hizo reflexionar sobre cómo he venido mirando este territorio y sobre cómo quiero seguir contándolo. Durante mucho tiempo pensé mis escritos y mi trabajo con la idea de llegar a una audiencia amplia, imaginando que estos lugares debían explicarse o mostrarse de una manera más evidente.

Vivir aquí me ha enseñado lo contrario. Lo que se encuentra en el norte de Iwate, en Kenpoku, en Ichinohe, en Okunakayama: no responde a lo que la mayoría de personas busca cuando piensa en viajar. Y quizá ahí esté su mayor valor.

Morioka es, sin duda, el centro de la región y una ciudad hermosa merecedora de premios y lo defiendo fielmente. Pero Morioka no sería lo que es sin los pueblos que la rodean, sin los paisajes, las estaciones y las comunidades que sostienen ese equilibrio. Vivir en uno de esos pueblos me ha permitido ver esa relación desde dentro, no como visitante, sino como alguien que todavía está aprendiendo pero que quiere lograr ser un día parte de todo lo que ocurre (aunque ya lo esté siendo, ¡pero mucho más!). 

Con mi nueva obtención de licencia de conducción, poder “desbloquear” a Okunakayama con más libertad ha sido un pequeño logro personal, pero también me ha permitido conocer mejor el territorio y entender que aquí el valor no está en acumular lugares, sino en recorrerlos con tiempo, ampliando el mapa poco a poco. 

Aún estoy lejos de ser un experto y más aún lejos de tener un japonés perfecto haha, pero si voy a hablar de este lugar y ayudar a promoverlo, quiero hacerlo desde ahora con una perspectiva distinta: enfocándome en experiencias de baja escala, desde un tipo de experiencia más íntima, más lenta y, paradójicamente, más valiosa. Un lujo que no se anuncia, pero que se siente.


Comentarios
* No se publicará la dirección de correo electrónico en el sitio web.