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Al día siguiente del Festival Ichinohe, las calles están vacías, los colores han desaparecido, pero los ecos permanecen: flautas en el aire, mantis en el camino y la silenciosa lección de que incluso las cosas pequeñas pueden ser valientes.
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Un viaje íntimo por los rincones espirituales de Ichinohe, donde la danza Kagura, los pequeños santuarios cubiertos de musgo y el silencio rural revelan una forma distinta de vivir la fe.